
3. LOS PASOS DE CEBRA
Si la cebra supiera que a esos lugares señalados para que los peatones crucen las calles en las poblaciones que sufren el síndrome del desarrollo que nos ha traído este enorme comienzo de siglo, sin duda alguna la riqueza viaja hacia el sur, les llaman pasos de cebra, no tendría más remedio que enfadarse. Además de ser pisoteada, cual es su destino, se sentiría con enormes deseos de sentarse en el diván del psiquiatra: pocos ya le hacen caso. En esta escasez de civismo o urbanidad que caracteriza al personal, asentada en una máxima no escrita pero que funciona, cada uno hace lo que le sale de la entrepierna o del arco del triunfo. Yo comprendo que 18 segundo para cruzar ante un semáforo es poco, pero ese asalto al derecho del peatón ha dependido de la mentalidad del legislador que ha puesto al automóvil antes que a la persona. Bien es verdad que entre semáforo y semáforo suele o puede haber una distancia excesiva, algo así como dos o tres kilómetros, y, claro, andar todo eso para dejar la basura en los contenedores que están enfrente es la leche. Por eso pues cruzo la calle. Que la tienda que busco está en la otra acera, pues cruzo la calle. Que vengo por aquí con el carrillo de la compra, pues perfecto, cruzo por aquí, y si no quieren que me pongan aquí un paso de cebra. Que no veo tres en un burro y ya soy mayor, pues levanto los brazos, gesticulo, y cruzo la calle por donde se me ocurre. La verdad es que hay pocos accidentes pero, un día de estos, una persona atropellará a un coche y el conductor la denunciará. ¿Dónde firmo?, dirá la causante. Juro que es verdad. Antes me detenía a echar alguna bronca a alguien conocido que cruzaba la calle por donde la daba la real gana, pero ahora no, ahora lo animo a que cruce por donde le salga, que decimos los malhablados. ¿Por qué? Porque nadie me hacía caso y así, utilizando la ironía y la mala leche, quizá la gente reaccione. Hasta yo hago de mi capa un sayo. Si de verdad se cumplieran las ordenanzas municipales y se multara al peatón que cruza por donde no debe, disminuiría la sensación de inseguridad con que se camina. Aunque la solución pasa por intentar que el coche salga a la calle sólo por necesidad, no para que me vean montado en él. Eso, hoy, no significa nada. Bueno, sí, que te puedes llevar por delante al peatón que cruza por donde le place, es decir, por el paso de su cebra particular.
Si la cebra supiera que a esos lugares señalados para que los peatones crucen las calles en las poblaciones que sufren el síndrome del desarrollo que nos ha traído este enorme comienzo de siglo, sin duda alguna la riqueza viaja hacia el sur, les llaman pasos de cebra, no tendría más remedio que enfadarse. Además de ser pisoteada, cual es su destino, se sentiría con enormes deseos de sentarse en el diván del psiquiatra: pocos ya le hacen caso. En esta escasez de civismo o urbanidad que caracteriza al personal, asentada en una máxima no escrita pero que funciona, cada uno hace lo que le sale de la entrepierna o del arco del triunfo. Yo comprendo que 18 segundo para cruzar ante un semáforo es poco, pero ese asalto al derecho del peatón ha dependido de la mentalidad del legislador que ha puesto al automóvil antes que a la persona. Bien es verdad que entre semáforo y semáforo suele o puede haber una distancia excesiva, algo así como dos o tres kilómetros, y, claro, andar todo eso para dejar la basura en los contenedores que están enfrente es la leche. Por eso pues cruzo la calle. Que la tienda que busco está en la otra acera, pues cruzo la calle. Que vengo por aquí con el carrillo de la compra, pues perfecto, cruzo por aquí, y si no quieren que me pongan aquí un paso de cebra. Que no veo tres en un burro y ya soy mayor, pues levanto los brazos, gesticulo, y cruzo la calle por donde se me ocurre. La verdad es que hay pocos accidentes pero, un día de estos, una persona atropellará a un coche y el conductor la denunciará. ¿Dónde firmo?, dirá la causante. Juro que es verdad. Antes me detenía a echar alguna bronca a alguien conocido que cruzaba la calle por donde la daba la real gana, pero ahora no, ahora lo animo a que cruce por donde le salga, que decimos los malhablados. ¿Por qué? Porque nadie me hacía caso y así, utilizando la ironía y la mala leche, quizá la gente reaccione. Hasta yo hago de mi capa un sayo. Si de verdad se cumplieran las ordenanzas municipales y se multara al peatón que cruza por donde no debe, disminuiría la sensación de inseguridad con que se camina. Aunque la solución pasa por intentar que el coche salga a la calle sólo por necesidad, no para que me vean montado en él. Eso, hoy, no significa nada. Bueno, sí, que te puedes llevar por delante al peatón que cruza por donde le place, es decir, por el paso de su cebra particular.

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