Mi firma en la SER

Artículos escritos para un programa de la Cadena SER en Lorca

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Location: Lorca, Murcia, Spain

Tuesday, January 31, 2006

8. DE NUEVO UN LIBRO: GAYA EN PARIS Y JPG EN LA PINTURA


El pasado diciembre tuvo lugar en Murcia la presentación del libro de Juan Pedro Quiñonero Ramón Gaya y el destino de la pintura. De Juan Pedro Quiñonero hemos escrito con anterioridad con motivo de haber donado, por mi intercesión, su biblioteca, a nuestra ciudad, libros que próximamente van a ser catalogados, lo que no deja de parecernos algo importante, pues así los libros no se “mueren” en las cajas y pueden ser disfrutados por los lectores e investigadores. Con referencia al libro en cuestión, me da la sensación que es la puesta el día de unos escritos anteriores, cercanos algunos a los años setenta del pasado siglo. Pero no es un libros sobre Ramón Gaya. No es, pues, una biografía del pintor murciano, ni siguiera un análisis de su pintura, etapas pictóricas, influencias y otros menesteres de los que se ocupa un crítico. Más bien se trata de Gaya como referente cultural desde una trayectoria en la que el pintor se transterra de su casa, patria y parentela y resiste en el París de todas las patrias o todas las culturas. Juan Pedro Quiñonero está instalado en esa tendencia desde que él mismo se marchó al París que parece la patria del mundo, la acogedora de exiliados españoles y otros tópicos más o menos románticos. Juan Pedro Quiñonero enjuicia siempre las cosas desde el exilio y persecución de sus padres desde la cercana Totana, sobre todo después de la guerra incivil, y su instalación en París como si allí no pasase nada. Y uno más de los que se ajustan a este tópico es Gaya. Bien es verdad que la atalaya desde la que avizora Juan Pedro Quiñonero es lo suficientemente alta y con una perspectiva magnífica para que la visión, sin ser sesgada, más bien personalista, sea correcta y por supuesto nos introduzca en un mundo en el que todo tiene su encanto, aunque no tengamos interiorizada la visión cosmopolita, subsumidos como estamos en nuestra destartalada visión pueblerina. Claro que el precio pagado es menor que si hubiésemos estado en la vorágine. Siempre nos quedará París es una frase cinematográfica. París siempre será el oscuro deseo de un viaje tópico y genérico. A Musso ya le propuso Sebastián de Miñano el viaje a París y Londres. No es lo mismo que vivir en París como hizo Gaya y como hace Juan Pedro Quiñonero. Así que nosotros hacemos sólo lo que podemos: ver París desde el prisma de los demás y a Gaya como un pintor murciano sin muchas referencias en nuestra ciudad. Aquí, todos somos más mediocres. Y París, a veces, tampoco vale una misa.

Friday, January 13, 2006

7. PALMIRA


En tierra de nadie, trágico augurio fueron las hieráticas cariátides abandonando el sólido afuste que las encumbraban hasta el desastre, capiteles sembrados de misterio, cuando fueron abatidos los templos serenos por la fuerza de las máquinas de guerra y la sal estéril hizo vacuo el camino de la plegaria antigua. De la ciudad hicieron ruina fácil. La doncellez, plato codiciado para feroces fauces. Prendieron los niños la hoguera del odio mientras buscaban claustro en el escondite de sus juegos. Al anciano la vida permitieron para que narrase el asalto y miedo infundiesen a las gentes relato tan cruel y militar despojo su hazaña. La gloria inane de los vencedores, faena deslumbrante por lo rauda, cobarde por la misma innoble prisa, hasta en su oficio destructor soeces, no sirvió para el olvido, que siempre los persiguió la muerte inopinada. ¿De qué sirvió escuela de paz serena a quien guerra vivió en su infancia aflicta? Hicieron secta de venganza horrenda los antaño asustados jovenzuelos de la horrorosa muerte contemplada mientras en el silencio del refugio. Ajustados a los petos petrales, los deseos de sangre renacían mientras eran abatidas las hijas de los asoladores imperiales y ansiaban refugio los victimarios en los sepulcros de los arrabales, en las ermitas de las cofradías: más hasta allí llegaba el asesino. Alzó su voz el inocente, gritó la superstición y conoció entonces la secreta unción de los aranceles de la penuria. Alzó su voz y herido cayó para que se hiciese el silencio y la máquina anónima siguiese el aniquilamiento del otrora vencedor imperialista. Palmira es una ordenada ruina y reclamo en donde la piedra grita su pasado en un horizonte lúcido y salino mientras el guía repite incansable los clichés turísticos tan manidos. En los Anales del alba se cuenta escrito cómo se destruye recia estirpe de hombres bajo la ruda horda feroz de los logreros. Sólo, lírico, he sabido de la célebre ruina de Samos, Pastmos o Cartago. Poco he aprendido de la épica anodina de los escritores. Altas columnas son las de Palmira y sus yermos restos de tal belleza que quizá esplendente no fuese tan gozosa mi extasiada visión esperanzada. ¿Qué más bello que la esperanza de que algo resista al tiempo permitido y sea ruina eterna? Sólo por su mustio aroma de tiempo Palmira es más famosa que cuando era un cenáculo secreto y la oración ascendía entre incienso hasta la nube que ocultaba gloria tan perecedera como asolaron los cabrones de siempre en cada época ganadores de la ruina que luego será objeto de pasmo, lámina de libro.

6. EL PERSONISMO


El que los filósofos o sociólogos actuales aborden problemas diarios que el resto de los mortales no concebimos como tales no quiere decir que no los sean, sino que no los vemos. Vicente Verdú ha visto uno de indudable trascendencia, el personismo, que define como “las relaciones entre personas como degustaciones parciales y sin compromisos profundos”. O séase. El siglo XX se carga al humanismo quizá por su componente cristiano, hace surgir, entre otras, pero más definitoria que las demás, la cultura de masas, es decir, una cultura para un modo de vida que se basa en la escasa formación, en la baja calidad de las creencias, en la mortalidad de sus artistas que sólo duran lo que una promoción de su propio producto, cultura mediática que significa más o menos coge y consume, cultura que lleva en su nacimiento su propia muerte, rápida y caracterizada por su vacuidad. Sin acabar ese sistema impuesto por la sociedad de consumo, aparece ahora la globalización, es decir, otro sistema que permite clonizar ciudadanos y hacerlos iguales en cualquier lugar del mundo siendo sus sujetos de cualquier raza, lengua o religión. En suma, una cultura que despersonaliza y hace obedecer los dictados del máximo organismo mundial que lo representa. El hombre es en cuanto agente de consumo, o sea, no es necesario que piense, pues otros piensan por él; no es necesario que se defienda pues otros lo hacen por él; no es necesario que perfeccione su personalidad porque no le hace falta para nada, ellos lo hacen todo por él; se le debe entregar la libertad puesto que otros se la aseguran. Y todo ello porque hemos entrado en una época distinta. La sociedad occidental y urbana está siendo trasladada a todo el mundo a través del proceso de globalización. Pero será no la sociedad humanista, cristianizada, si es que sirve para algo la religión, sino la norteamericana, imperialista, generadora de dramas bélicos con los que después hacen películas, despersonalizada, obesa, consumista, sin historia y sin tradición. Según Verdú, “el personismo es un paso más allá del hiperindividualismo de los años noventa”. Este momento significa el disfrute inmediato, la vivencia en el presente. Lo básico es el éxito de la recompensa al instante. Esta cultura conlleva otra forma de conocimiento y saber. Pueden ver todo esto leyendo El personismo: la primera revolución cultura del siglo XXI. Yo, lo siento. He creído siempre en la trascendencia. No me preocupo por mí porque no viviré para contarlo, pero ¿cómo será a partir de ahora la sociedad? Lástima de mis nietos. Estos capullos neocon van a hacer de este mundo una mierda.