11. LOS GIRASOLES CIEGOS

Hace un tiempo me recomendaron la lectura de un libro: Los girasoles ciegos. Como llevo tantas cosas en danza aunque la mayoría de ellas no me interesan pero son peticiones de amigos, me olvidé hasta del título. Los otros días me preguntaron por el libro. Me disculpé por no haberlo leído y me insistieron en su calidad hasta ponerlo por las nubes. Así que me fui a la librería y lo adquirí. Tengo, pues, un ejemplar de la décima edición. Alberto Méndez, su autor, o quizá el libro, es Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa y, creo, que el otro día le dieron otro gran premio según vi en televisión. Así que lo he leído, no porque me divirtiera o gustara, sino por tener suficientes elementos de juicio para hablar sobre él porque voy a tener que comentarlo como mucho, si no antes, el día 24 de este mayo que aún no es florido y hermoso. En principio, me parecen cuatro relatos independientes a los que se les ha buscado un hilo conductor: el que sus protagonistas sean personajes derrotados por la guerra civil, aunque se incluya en ellos hasta los vencedores. No le pongo muchos inconvenientes al desarrollo literario, ni al estilo del autor, ni a la focalización u otros elementos que hay que tener en cuenta para ver si un libro es objetivamente bueno o no porque, en principio, es un buen libro. Lo que no me gusta nada es el tema. Tengo verdadera aversión a las historia macabras de la posguerra porque yo la he vivido. De la guerra escuché muchas cosas cuando los mayores se juntaban en tertulia y creían que los pequeños dormíamos. Estábamos con la oreja tiesa para saber de qué hablaban. Así que supe que a fulanico lo habían llevado a la cárcel por decir no sé qué favorable a Giral. Puedo contar con detalles, ya lo he hecho brevemente, cómo estaba junto a un amigo que conoció a su padre cuando llegó trasladado a la cárcel de Lorca desde el Penal de Santa María. Sería el año 1949 ó 1950. Venía el padre esposado, era un rojo, y conducido por la guardia civil, no la de ahora, sino la del tricornio y la capa. Cuando salió de la cárcel, la familia se fue de Lorca. Podría contar algunas cosas más que viví. Como el tener que ir a entierros de compañeros de colegio muertos de hambre porque el padre estaba en la cárcel y apenas se comía. Me acuerdo aún del nombre de uno y de la calle y casa en la que malvivía. Recordar estas cosas no me gusta porque son muy tristes. Así que esta no-novela me parece triste, me parece que no merece la pena contar estas cosas aunque se diga que se pierde la memoria histórica porque son muy lastimosas y lastimeras, indican una época monstruosa en la España de hace apenas unos años y sólo sirven para renovar los odios. Sólo se evitarán cuando se olviden. También es verdad que cosas tan tremendas como las que se cuentan en Los girasoles ciegos están pasando ahora mismo en algún lugar del mundo y creo que estas cosas no deben pasar en ningún país. Lean, lean ustedes Los girasoles ciegos y no quedarán indiferentes. Odiarán a quienes hicieron lo que hicieron entre el 1936 y 1939 y desde 1939 hasta la muerte de Franco, de uno y otro bando. Pero no creo que por ello se haya de preferir no haber nacido en España, como acaba de decir Fernando Sánchez Dragó que perdió a su padre entonces. O preferir la República porque la Dictadura causó la muerte de un familiar, con todos los respetos a ellos y a todos los muertos a causa de la guerra civil. Por mi parte, jamás contaré mis circunstancias familiares en aquel tiempo de escasa fortuna. Pero cada uno es libre de hacer de su capa un sayo y con sus recuerdos unos girasoles ciegos.

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